La creación se rige por principios infalibles e irrefutables que, a medida que los conocemos y aplicamos, nos llevarán a disfrutar de una vida más plena y fructífera. Muchas veces no llegamos a entender cómo éstos funcionan, pero ciertamente lo hacen.

En este día quisiera platicarles del principio de la Sinergia. La Real Academia Española la define como «la acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales»(a).

A través de la sinergia, el trabajo en conjunto, se obtiene mejores resultados a los que se podrían conseguir si se actuara de manera separada. Vamos a apoyarnos en una pequeña ilustración, realizada por el líder y conferencista John Maxwell, para explicar mejor este concepto:

«Hay una sinergia que viene cuando las personas adecuadas trabajan unidas. Es similar a lo que sucede cuando un grupo de caballos trabaja unido. Quizá haya escuchado de eso. Por ejemplo: dos caballos pueden jalar juntos cerca de nueve mil libras. ¿Cuántas libras pueden jalar cuatro caballos? Sin la sinergia, usted haría un cálculo y asumiría que la respuesta son dieciocho mil libras. Eso sería razonable pero incorrecto. Cuatro caballos, trabajando juntos, en realidad jalan más de treinta mil libras(b)

La sinergia nos habla de que cuando nos ponemos de acuerdo, trabajamos en conjunto y remamos en una misma dirección, el resultado será muy superior al que si cada persona estuviera trabajando individualmente hacia un mismo objetivo.

Por el contrario, si no nos sincronizamos y cada uno rema en diferente sentido, de seguro terminaremos agotados y enfadados, dando vueltas en círculo y sin avanzar ni siquiera un centímetro. Podríamos experimentar lo que se denomina una sinergia negativa.

La sinergia es un principio que debemos conocer y, sobre todo, poner en práctica, si deseamos maximizar la efectividad de nuestro grupo, cualquiera sea el ámbito donde nos desenvolvamos.

Hemos visto como muchos líderes y miembros de organizaciones que, a pesar de que realizan un esfuerzo sincero y ponen empeño en el trabajo, no logran alcanzar los objetivos propuestos y desisten en su carrera, simplemente por no estar acobijados bajo el principio de la sinergia.

Ahora bien, algo similar ocurre en el mundo espiritual. Cuando oramos en conjunto, en una misma mente y un mismo sentir, confiando en Dios y pidiendo conforme a su voluntad, veremos su mano actuando de una manera tan grandiosa que excederá todas nuestras expectativas. En el libro de Deuteronomio conseguimos una metáfora poderosísima, pero poco conocida, que nos habla de como Dios bendice la unidad y el trabajo en conjunto. Allí dice:

¿Cómo se explican ustedes que un solo israelita hizo huir a mil soldados? ¿Cómo se explican que dos soldados hicieron huir a diez mil? ¡Si yo no cuidara de ustedes ni les hubiera dado la victoria, ustedes no habrían podido vencerlos!”

Deuteronomio 32:30

A muchos este pasaje les podría resultar inverosímil y, a otros, sencillamente descabellado ¿Cómo es posible que una sola persona haga huir a mil y dos a diez mil? Esto se encuentra fuera de nuestro razonamiento matemático y de lo humanamente admisible. Pero, mis amados, permítanme decirles que Dios es el Dios de lo imposible. A Él le agrada manifestarse en medio de nuestras imposibilidades para mostrarnos la grandeza de su gloria y para que sepamos que Él, y sólo Él, pudo ser el artífice de tamañas proezas.

Pero, más allá de esto, lo que quisiera resaltar es que, al igual que el ejemplo de los caballos, nuestra lógica humana nos llevaría a deducir que si una persona hace huir a mil, dos harían huir a dos mil. Eso sería lo razonable. Sin embargo, el Señor nos muestra que cuando Él es la base de la ecuación, nuestra efectividad y fuerzas se multiplican de manera exponencial. Esto ocurre porque, en realidad, no son nuestras fuerzas las que actúan, sino las suyas. No debemos olvidar que nuestras luchas son espirituales y que nuestras armas terrenales son completamente ineficaces en esa dimensión. Por ello confiamos en el Señor y en el poder de su fuerza.

Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo»

2 Corintios 10:4-5

El Poder del acuerdo

«Además os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Mateo 18:19-20 LBA

De este este fragmento, del capítulo 18 de Mateo, se pueden extraer varios principios. El primero que deseo resaltar es el Poder del Acuerdo. Éste es uno de los principios menos conocidos y aplicados, ya sea porque lo ignoramos, porque desconocemos su eficacia, o porque, sencillamente, decidimos pasarlo por alto debido a que nos resulta difícil, y a veces imposible, implementarlo a causa de nuestra naturaleza caída e intereses personales.

¿Cuántas grandes ideas e ingeniosos proyectos han quedado en el olvido debido a que no se ha llegado a un punto de encuentro? He visto con tristeza espectaculares casas, desocupadas, inmensas fábricas, cerradas, y cuantiosas extensiones de tierra, abandonadas, por la obstinación de aquellos que no quisieron dar su brazo a torcer y solo les importó imponer sus argumentos y posiciones egoístas. Lamentablemente, también he visto hermosas familias y denominaciones cristianas divididas por esta misma causa. Cada quien velando por lo suyo propio y no por lo de Cristo, ni por lo de los demás.

Ahora bien, el vocablo griego que fue utilizado por Mateo para referirse al acuerdo es «Sumphóneó». Éste habla, básicamente, de estar en armonía, estar de acuerdo, expresar la misma opinión y tener la misma mentalidad (c). De este vocablo también procede nuestra palabra española Sinfonía.

¡Oh amados! ¡Cuán placentero es cuando nuestros oídos fluyen a través de las deleitosas notas de una exquisita sinfonía, donde los instrumentos se confabulan y se ponen de acuerdo para producir, bajo la perita dirección de un maestro, una obra magistral que seduce nuestros sentidos y eriza nuestra piel!

Algo similar, pero mucho más elevado, ocurre cuando nos ponemos de acuerdo y nos reunimos, bajo los lazos inquebrantables del amor fraternal, para orar y clamar a nuestro Padre que está en los cielos, con una misma pasión, una misma mente y un mismo sentir. El Salmo 133, enuncia: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!… Porque allí envía Jehová bendición, Y vida eterna» (d).

Para que el Señor envíe su bendición y vida eterna, no es suficiente con estar juntos, es necesario permanecer en armonía. Dos personas pueden cohabitar en la misma casa, e incluso pernoctar en la misma cama y, sin embargo, estar completamente distanciadas en sus corazones. Dios quiere sanar esta situación a través del vínculo perfecto de su amor y perdón.

A partir del momento en que nos ponemos de acuerdo, comienza a producirse lo imposible y a manifestarse lo glorioso. Veremos el poder de lo Alto moviéndose de una manera sobrenatural.

Dirigidos por el Maestro

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La grandeza de una pieza musical se muestra, en su máxima expresión, cuando cada instrumento, de manera armoniosa, contribuye con aquello que lo distingue y hace singular. En la diversidad de los sonidos, matices y voces se encuentra la belleza.

Ahora bien, para conseguir una obra maestra no es necesario que todos los instrumentos sean iguales, pero sí que toquen la misma pieza, se muevan bajo la misma partitura y sean dirigidos por un único maestro. El director es quien le da forma y encanto a la sinfonía. En el sentido espiritual necesitamos que el Señor sea el director de nuestra orquesta y que su Palabra sea nuestra guía y partitura.

En el evangelio de Mateo, cuando el Señor dice «donde están dos o tres reunidos en mi nombre«, está hablando de estar reunidos bajo su única autoridad, dirección y cobertura. Si su presencia no está con nosotros y en nosotros, nuestras oraciones podrían resultar estériles e inoperantes.

Si no estamos reunidos bajo la cobertura del nombre de Jesús, podríamos llegar a ser semejantes a aquellos constructores de Babel, quienes pretendieron construir una torre que les llevara hasta el cielo, y así, hacerse un nombre y rebelarse en contra de su Creador. Ellos, aunque estaban de acuerdo en un proyecto, tenían una mente contraria a la de Cristo. Por ello, el instrumento de sus labios comenzó a declarar sonidos inciertos y sus lenguas fueron confundidas. Se dejaron de comprender los unos a los otros y todo lo que pretendían hacer cayó por tierra. Ese emprendimiento les produjo solo confusión (e).

Amados, el primero con quien necesitamos estar de acuerdo y en sintonía es con nuestro amado Señor Jesucristo. Las Escrituras declaran que «… si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho» (f). Esta es la fórmula infalible, porque no se trata de que los cielos se alineen a nuestros deseos sino de que los nuestros se alineen a los suyos.

Necesitamos que el Espíritu de Dios nos ayude en la oración, para que ésta sea conforme al sentir y voluntad de Cristo. De esta manera, nuestras oraciones podrán subir ante su trono como un incienso con olor fragante y agradable ante Su presencia. Sin embargo, Dios sabe que somos débiles, que habitamos en un cuerpo de carne y somos cortos de palabras. Por ello, el Espíritu mismo intercede por nosotros, de la manera adecuada y solo demanda de nosotros un corazón humilde y arrepentido.

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos».

Romanos 8:26-27

Respuesta desde los Cielos

Truena Dios maravillosamente con su voz; Él hace grandes cosas, que nosotros no entendemos».

Job 37:5
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Cuando nos juntamos a orar con una misma pasión y en una misma mente, ocurren cosas formidables y extraordinarias. Los cielos se estremecen, tiemblan los cimientos de la tierra y se rompen las cadenas de opresión. El Señor desata un poder sobrenatural que va muy por encima de nuestra comprensión y de lo que podamos pedir o esperar. Esta realidad fue experimentada por la iglesia primitiva, pero es algo que también nosotros podemos disfrutar en este tiempo.

En el libro de Los Hechos se observa como la iglesia, en reiteradas ocasiones, vio el poder de Dios obrando de una forma maravillosa. El factor común que encontramos, en estos apoteósicos acontecimientos, es que ellos estaban juntos, unánimes, con un sentir, una mente y un propósito.

Por ejemplo, en el día de Pentecostés, estaban todos unánimes, juntos. «Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos» (g). Y en otra oportunidad, en la cual la iglesia se encontraba bajo persecución y opresión, los hermanos alzaron Unánimes su voz a Dios, y oraron: «Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios» (h).

Algo que me fascina en estos episodios es que estaban Unánimes. La palabra que fue traducida como Unánimes es Homothumadon. El diccionario Strong la define de la siguiente manera:

Homothumadon (de homo, «mismo» y thymós, «pasión») – propiamente, que tiene la misma pasión, «unánimes» (por tener el mismo deseo). (i)

Amados, aquí hay un principio poderosísimo. Cuando colocamos nuestras oraciones delante de nuestro Dios, con un corazón sencillo y humillado, sin envidias ni contiendas, con una misma pasión y en unanimidad; éstas suben delante de su presencia como un incienso con olor agradable y podemos esperar, con confianza, que su respuesta se manifestará de una manera gloriosa. Perseveremos en esta verdad y ocurrirán cosas maravillosas.

 «Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.  Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto».

Apocalipsis 8:4-5

Los enemigos del acuerdo

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Hemos de reconocer que muchos enemigos se levantan cuando intentamos ponernos de acuerdo. Entre ellos podríamos enumerar: el orgullo, el egocentrismo, la envidia, el protagonismo y la soberbia. Esto sin mencionar aquellos que son de origen espiritual. No obstante, hoy quisiera centrarme en uno de los más acérrimos adversarios, y este es la falta de perdón. Para esto, por favor, permítanme citarles nuevamente el pasaje de Mateo 18, pero en su contexto completo:

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

Mateo 18:15-22

La falta de perdón es un enemigo invisible que muchas veces no tomamos en cuenta o infravaloramos, ignorando que puede influir y afectar, sustancialmente, nuestra vida de fe. Es como un muro inquebrantable e inexpugnable, que separa y divide los corazones de los hombres, creando bandos y facciones e impidiendo que se pueda llegar a un acuerdo y a un punto de encuentro.

En cuántas oportunidades nos hemos roto la cabeza pensando y tratando de adivinar por qué nuestras oraciones parecieran no elevarse más allá del techo. Nos examinamos y pensamos, pero si yo me porto bien, no hago mal a nadie, me considero una persona buena e incluso generosa. Pero pocas veces llegamos a ver que entre nuestros obstáculos se hallan la falta de perdón y desavenencias con nuestros prójimos, incluyendo a nuestros esposos y familiares cercanos. Este es un punto muy importante a considerar, porque antes de ofrecer nuestras ofrendas y sacrificios de alabanzas a Dios, y que estas sean aceptas y agradables delante su presencia, debemos procurar, en cuanto dependa de nosotros, la paz y armonía con nuestros semejantes. Por ello, el Padre Nuestro dice: «perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (j).

Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino…» 

Mateo 5:22-25a

Ahora bien, si leemos entrelineas podríamos ver como Pedro, de alguna manera se identificó con la enseñanza que Jesús les acaba de dar, y entendió que algo estaba estorbando a sus oraciones y por ello se acercó al Maestro, diciendo: Señor, ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?  Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

Hermanos ¿Cuántos de nosotros también se identifica con este mensaje del Maestro?¿Cuántos podríamos reconocer que existe algo que ha estorbado y está estorbando nuestras oraciones? Pidámosle a Dios que nos perdone y nos ayude a perdonar a los demás. Que nos limpie de todo aquello que se ha levantado como obstáculo a nuestras oraciones y las ha hecho infructuosas. Y, sobre todo pidámosle, que nos ayude a ponernos de acuerdo con Él y con nuestros hermanos, para que juntos veamos la gloria de Dios.

Por último, quisiera invitarles a que pongamos en práctica los principios aquí estudiados. Les aseguró que cosas maravillosas pasarán.

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Citas: (a) https://dle.rae.es/sinergia, (b) Libro El Poder de su Liderazgo / John C. Maxwell. (editorial Casa Creación. Página 123) , (c) Concordancia Strong (4856 symphōnéō) https://bibliaparalela.com/greek/4856.htm, (d) Salmos 133:1-3, (e) Génesis 11:1-9, (f) 1 Juan 5:14-15, (g) Hechos 2:1-3. (h) Hechos 4:31. (i) Concordancia Strong (3661 Homothumadon) https://bibliaparalela.com/greek/3661.htm.(j) Mateo 6:12.

Foto de la entrada (imagen destacada): Photo by Patrick Case on Pexels.com

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2 comentarios en “Principio de la Sinergia: Logrando más juntos

  1. Hola Antonio. Gracias por participar.

    El Espíritu mismo nos guia y enseña como poner en práctica estos principios, dependiendo del contexto donde nos encontremos. No todas las situaciones son iguales.

    Sin embargo, puedo decirte que, en nuestra experiencia personal, contamos con un grupo de hermanos, de confianza y testimonio, que nos llamamos, escribimos o nos reunimos para presentar juntos nuestras oraciones delante del Señor.
    Hemos visto la mano poderosa de Dios, trayendo liberación y sanación a mucha gente.

    Nuestro versículo base es Filipenses 1:19.

    «Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación»

    Espero que esta respuesta te ayude en tu búsqueda personal.

    Dios te bendiga grandemente

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  2. Hermano muy interesante e importante estos principios.

    Quisiera preguntar si pudieras recomendarme algún método que yo pueda usar, en mi vida diaria, para aplicar estos principios, si hay un paso a paso o una metodología; que me puedes recomendar….

    Gracias….

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