Una de las preguntas más recurrentes con la que nos hemos topado, en nuestra trayectoria ministerial, es: ¿Por qué ocurren cosas malas a gente buena?
Este tipo de interrogante ha asaltado las mentes de un sin número de personas y, el no poder resolverlas, se ha constituido en unos de los mayores argumentos por lo que muchos han decidido abandonar su fe y poner en entredicho la existencia de un Dios Amoroso y Todopoderoso. Pienso que esta pregunta es valedera y que muchos la formulan con intenciones genuinas, por lo tanto, no se debe desdeñar ni responder a la ligera.
Este es un tema que puede herir susceptibilidades, por ende, lo trataré con la mayor delicadeza posible, esperando que esta entrada sea de bendición para vuestras vidas y que sobre todo les brinde fe y esperanza en estos tiempos tan convulsionados. Les invito a que la lean hasta el final. Les aseguro que no se arrepentirán.
Ahora bien, lo primero que quiero hacer, antes de comenzar con el desarrollo de este tema, es encerrar entre comillas estas dos frases: «cosas malas» y «gente buena». Por favor, no quiero que piensen que lo hago desde una filosofía relativista, en cuanto a lo que es bueno y malo, ya que unos de los mayores males de esta sociedad moderna es el llamado “relativismo moral”, que nos impulsa a pensar que, en esencia, nada es bueno ni malo sino que todo depende de la perspectiva de cada individuo y de los valores que este maneje.
Lo que trato de decir es que muchas de las «cosas malas» que nos puedan estar aconteciendo, en realidad, no solo podrían no ser tan malas, sino que también podrían esconder tras de ellas una bendición y estar acompañadas de un propósito, aunque, de momento, no las entendamos.
Por otro lado, si hacemos un pequeño ejercicio de introspección, sin llegar a profundizar mucho, nos daríamos cuenta de que no somos tan buenos como pensábamos. Encontraríamos que estamos muy lejos de la perfección y que existen un sin número de rasgos de nuestra personalidad que necesitan ser tratados, depurados y limpiados. Reconoceríamos que somos una obra en construcción y que en el edificio de nuestras vidas todavía hay muchos escombros que sacar, columnas que erigir y paredes que levantar. Ya que, tal como dictan las Escrituras, «Nadie es bueno, sino solo uno, Dios» (a).
No obstante, nos alegra saber que Jesús vino a salvar a personas tan pecadoras e imperfectas como nosotros, y no nos dejará hasta que cumpla y complete su obra en nuestros corazones.
Dada esta pequeña introducción, a continuación, les hablaré del porqué ocurren cosas «malas» a «gente buena» y de como Dios puede utilizar esas experiencias para nuestro beneficio y crecimiento.
Porque existe una Ley de Causa y Efecto
Primeramente, es necesario resaltar que no todo lo que acontece en este mundo está bajo el deseo y voluntad de Dios. El Señor no quiere que nadie se pierda ni perezca en la ignorancia. No están en su propósito, según algunos piensan, los hechos violentos ni las injusticias que se suscitan a nuestro alrededor. Al contrario, el Señor quiere que todos los hombres se salven, procedan al arrepentimiento y disfruten de su amor. Y estas intenciones fueron puesta en evidencia, claramente, a través de su muerte en la cruz del calvario.
Sin embargo, vivimos en un mundo egoísta que no ha querido tomar en cuenta a su Creador y está sufriendo las consecuencias de esta decisión. En una sociedad que ha pretendido establecer sus propias reglas y legislar sus propias leyes, muchas de las cuales son profundamente profanas. Por ello el profeta Isaías enunció: «La tierra sufre por los pecados de sus habitantes, porque han torcido las instrucciones de Dios, han violado sus leyes y quebrantado su pacto eterno»(b).
Existen leyes y principios que, por el hecho de que los ignoremos o pretendamos hacerlo, no dejarán de existir y cumplirse. Cosechamos lo que sembramos y esta es una ley inmutable. En ese sentido, podríamos decir que muchas de las cosas que nos acontecen son sencillamente producto de una manera de pensar, hablar y actuar, ya que podemos escoger nuestras decisiones presentes, pero no podemos desligarnos de las consecuencias futuras.
«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará»
Gálatas 6:7
Ahora bien, me quedaría muy corto si afirmara que todo se reduce a una ley de causa y efecto, porque la verdad es que en la vida se nos presentan situaciones que sobrepasan nuestro entendimiento y están fuera de nuestro alcance. Algunas de ellas están relacionadas con las fuerzas de la naturaleza y nuestra condición mortal, y otras, con las luchas y batallas que se presentan en la esfera espiritual.
En este mundo todos experimentamos desafíos y pruebas, y esto es uno de los aspectos que nos define como seres humanos. Un mismo acontecimiento ocurre a todos, justos e injustos, y nadie está exento de pérdidas ni de dolores. Sin embargo, Dios no se recrea en nuestro dolor ni se complace en nuestro sufrimiento. Él puede transmutar en gloria al dolor más intenso, por ello las Escrituras, rezan: «Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (d).
Porque el Dolor puede ser un fantástico maestro
«Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia».
La disciplina, aunque duela y no parece ser motivo de alegría, traerá buenos frutos. Lo que hoy vemos como malo y desagradable, mañana podría ser un motivo de agradecimiento.
Suele ocurrir que, como infantes, no entendemos el porqué de las disciplinas ni el amor que se esconde tras de ellas. No comprendemos que cuando somos amonestados por nuestro Padre es porque desea reencaminarnos a la senda correcta, evitarnos un mal mayor y que nos lastimemos a nosotros mismos .
El hecho de que Dios nos ame no implica que actúe de manera pusilánime ni complaciente ante nuestras malas actitudes y rebeldías. Él, como ese ejemplo de Padre Perfecto, nos enseña que la disciplina es necesaria y que se debe aplicar de manera adecuada y proporcionada. Y, aunque no la comprendamos, ella forma parte de Su carácter santo y amoroso.
«Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?»
Hebreos 12:6-7
El dolor puede ser un fantástico maestro y el Señor se sirve de él para moldear nuestro carácter, limpiar nuestros corazones y corregir nuestro camino.
Si abrimos una ventana hacia el pasado y examinamos nuestras vidas objetivamente, reconstruyendo los eventos y visualizando los detalles, descubriríamos que muchas de nuestras aflicciones han redundado en nuestro crecimiento personal y espiritual. Éstas han forjado nuestra personalidad y nos han llevado a ser la persona que hoy somos, en Cristo Jesús. Adicionalmente, reconoceríamos que muchas de esas situaciones de dolor y angustias fueron necesarias, y nos llevaron a conocer a un Dios Grande y Misericordioso, que sacó nuestras vidas del lodo cenagoso y nos salvó.
Estimados, es necesario comprender que la voluntad y el propósito de Dios pueden estar detrás de algunas de las tribulaciones y pruebas que estamos atravesando. No permitamos que el dolor y las circunstancias nos hagan perder esa perspectiva y comencemos a renegar y blasfemar contra Él.
Nuestra actitud ante las tribulaciones pone en evidencia nuestra verdadera personalidad y lo que hay guardado en nuestros corazones. Ante el ardiente calor del verano, podemos endurecernos más, como la arcilla, o derretirnos y humillarnos ante Dios, como la mantequilla. De las pruebas podemos salir en victoria, con un corazón sensible, o en derrota, con un corazón endurecido. Pero Poderoso es Dios que nos llevará de victoria en victoria, en Cristo Jesús.
Porque Las pruebas nos llevan a conocer más a Dios
Los exámenes que nos aplicaron, como estudiantes de primaria, fueron aumentando en complejidad y dificultad a medida que fuimos creciendo. Los problemas de matemáticas que se nos plantearon en tercer grado no fueron los mismos que los de cuarto, quinto, etc. Algo similar ocurre en nuestras vidas. A medida que avanzamos, en lo personal y espiritual, iremos afrontando diferentes retos y pruebas, acordes a nuestra necesidad de crecimiento y madurez.
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Cuando amamos a Dios y nos mantenemos con una actitud correcta, cada circunstancia, problema y batalla servirá para que Le conozcamos de una manera más personal e íntima, y para que veamos su poder manifestándose en una mayor dimensión. Ilustraremos esta idea, diáfanamente, a través del pasaje de la muerte de Lázaro, ubicado en el evangelio de Juan Capítulo 11.
En este capítulo se nos habla, en resumen, de cómo Marta y María, amigas de Jesús y hermanas de Lázaro, reconocían a Jesús como Maestro y sabían que tenía poder para sanar a los enfermos. Pero fue solo a través de un doloroso acontecimiento que ellas, y todos los que estaban al alrededor, pudieron conocer otro aspecto de Su deidad. Fue a través de la muerte de Lázaro que ellos llegaron a conocer a Jesús como la Resurrección y la Vida.
Dios necesita que crezcamos y avancemos, por ende; cada prueba y cada desafío es diferente, y nos llevará a ver su poder obrando en diferentes aristas. Ya le hemos conocido como Señor y Salvador, pero en la vida se nos presentarán situaciones que nos llevarán a conocerle como nuestro Proveedor, Sanador, Libertador, Protector y Príncipe de Paz. Y siempre estará allí presente como nuestro Abba Padre, nuestro amado Papito.
Para evidenciar que hay en nuestros corazones
Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.»
Así como el oro se refina con el fuego, nuestros corazones deben ser pasados por el horno de las aflicciones para que puedan ser purificados y limpiados de toda impureza. Es en el fuego que la escoria sale a flote y puede ser removida.
Dios no usa el fuego para nuestra destrucción sino para evidenciar que hay en nuestro interior y limpiarnos de todo aquello que estorba a nuestro crecimiento y no nos deja avanzar. Y esto lo he experimentado personalmente.
Las uvas deben ser pisoteadas para hacer vino. Las aceitunas son aplastadas para obtener el aceite. De igual manera, el ser humano debe ser procesado para apartar lo precioso de lo vil, para que el viejo hombre vaya menguando y el nuevo hombre, creado según Cristo, se vaya manifestando.
Solemos aplaudir y admirar los logros de los hombres de Dios, pero muchas veces ignoramos los procesos difíciles que atravesaron para alcanzarlos.
El patriarca José debió pasar por diversas aflicciones antes de que se cumplieran en él las promesas que Dios le había conferido, a través de los sueños. Las escrituras enuncian que Él «fue vendido por esclavo. Afligieron sus pies con grillos; en hierro fue puesta su alma. Hasta la hora que llegó su palabra, el dicho del SEÑOR le purificó» (e).
Por su lado, Job, en medio de intensas pruebas, no blasfemó contra Dios ni le atribuyó despropósito alguno. A pesar de todo lo que perdió, Job no pecó contra Dios, no se rebeló contra Él, sino que le adoró. Él llegó a decir: «Mas él conoce mi camino; Me probará, y saldré como oro»(f). A la postre, este hombre vio el fruto de mantenerse íntegro y de esperar con paciencia, y todo lo que perdió le fue duplicado.
Paradójicamente, los momentos de prueba nos acercan a Dios y nos enseñan a depender más de Él. Es por lo que éstas se constituyen en tremendas oportunidades para fortalecer nuestra fe y purificarnos como individuos. Las pruebas funcionarán como trampolín para promovernos a un nivel superior de fe y paciencia.
Pedro enunció que, si es necesario, tendremos que ser afligidos en diversas pruebas, «para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo»
1 Pedro 1:6-7
Porque El Dolor nos sensibiliza
El dolor nos sensibiliza ante el sufrimiento ajeno y añade empatía a nuestros corazones.
La empatía nos lleva a identificarnos con los demás, con sus situaciones y experiencias, es decir, nos pone en sus zapatos. Cuando nos ponemos en lugar del prójimo, podemos percibir y comprender sus sentimientos y emociones, y, así, podremos interceder por ellos de manera genuina, desde las entrañas.
Cuando se han padecido tribulaciones, podemos entender a aquellos que las atraviesan. Las Escrituras declaran que «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado»(g). Jesús, nuestro sumo sacerdote, fue descrito por el profeta Isaías como un varón de dolores, experimentado en quebranto. Él sabe lo que significa vivir en un cuerpo de carne y hueso. Padeció hambre, tuvo sueño, lloró y sufrió muerte, por lo tanto, no es indolente ante nuestro dolor y nuestras debilidades.
Cuando se ha experimentado en carne propia lo que significa el dolor, se puede comprender con mayor facilidad a aquellos que lo padecen. Podemos consolarles con el consuelo que hubiésemos deseado recibir en nuestros tiempos difíciles. De igual manera, cuando se ha sentido la tierna mano de Dios sobre nuestros hombros, abrazándonos y consolándonos en nuestras más cruentas batallas, podemos también extender ese mismo consuelo a aquellas personas que la están atravesando.
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios».
2 Corintios 1:3-4.
Hermanos, este camino no se puede vivir con indolencia e insensibilidad. No podemos consolar a los otros de cualquier manera, sino que debemos hacerlo con el mismo bálsamo con que nosotros hemos sido confortados por Dios. Seamos misericordiosos, porque hemos alcanzado misericordia. Amemos y perdonemos a otros, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.
Y sabemos que a los que á Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos»
Romanos 8:28-29
Este es uno de los pasajes más citados de todo el nuevo testamento y es usado, principalmente, cuando nos encontramos en medio de problemas y aflicciones. No obstante, muchas veces lo invocamos de una manera parcial y descontextualizada.
Amados, «Todas las cosas nos ayudan a bien», porque detrás de ellas existe un propósito. Porque el Señor puede aprovechar cada circunstancia para nuestro crecimiento y moldearnos a la imagen de su Hijo Jesucristo.
Cuando amamos a Dios y guardamos su Palabra, tanto las cosas buenas como las malas nos ayudarán a madurar y crecer, de tal manera, que el carácter de Cristo se irá forjando en nuestros corazones hasta que lleguemos a la condición de un hombre maduro, completo, a la medida de la estatura de su plenitud.
Pienso que este es objetivo central y supremo de las pruebas, conformarnos a la imagen de Jesús, para que pensemos y hablemos como Él lo hace, para que mostremos su amor y paciencia a todos los hombres, para que seamos buenos representantes y embajadores de su Reino. Cuando llegamos a esta comprensión es que llegamos a discernir palabras tan grandes como las que proclamó Santiago en su epístola:
Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia».
Santiago 1:2-3
Estimados, tal como lo señalé en la introducción, considero que este es un tópico complejo y que todo un libro no sería suficiente para abarcarlo. Existen otros aspectos, relacionados con la muerte y nuestra percepción de ella, que espero tratarlos en una próxima entrega.
Antes de finalizar, quisiera remarcar que Dios es un Ser misericordioso y que nos entiende más de lo que creemos. Él nos ama y tiene planes de bendición para nosotros, tanto para esta vida como para la venidera. Nadie dijo que este camino sería facil pero ciertamente trae grandes recompensas. En Dios está plantada nuestra esperanza. Descansemos en sus promesas.
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