La palabra Emprendimiento está muy de moda y es frecuentemente utilizada, por los nuevos coaches y motivadores, para impulsar a sus seguidores a incursionar en el ámbito empresarial y procurar la independencia económica. En consecuencia, este término se suele asociar con los negocios, los proyectos y la prosperidad financiera, pero su significado es mucho más amplio.
Hablar de emprendimiento es hablar de comenzar una obra, de zarpar en una nueva travesía, de correr en pos de una meta y de poner en marcha un nuevo proyecto. En ese sentido, se puede emprender no solo en el mundo de los negocios, sino que también podríamos hacerlo en la construcción de una casa, en la formación de nuevo núcleo familiar, en el inicio de una carrera profesional, en la creación de una fundación, en la escritura de un libro, etc. Todas estas “empresas” podrían ser consideradas como un Emprendimiento y, como tal, requieren de tiempo, planificación, reflexión, constancia, trabajo, dedicación, acción y, sobre todo, de fe. Todas ellas implican una inversión, entrañan un esfuerzo y encierran un riesgo.

Porque ¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?»
Lucas 14: 28-29a
Ahora bien, el deseo de todo buen padre es que sus hijos sean prosperados, guardados y que les vaya bien en todo lo que hagan. Si este es el anhelo de nuestros padres terrenales, cuánto más lo será el de nuestro Padre celestial, cuyos pensamientos son más altos y excelentes que los nuestros.
El Señor desea que tengamos éxito, seamos prósperos y fructíferos. El punto es que nuestra percepción del éxito y la prosperidad muchas veces difiere de la suya. Muchas de las cosas que el hombre considera como grandes, deseables y sublimes, delante los ojos de Dios podrían ser vistas como nada, o peor aún, como una abominación.
La verdadera prosperidad trasciende al éxito económico y al reconocimiento público, porque, como hemos comentado en otras oportunidades, se puede comprar una gran casa, pero no un hogar; una buena cama, pero no el sueño. Se puede pagar por un exquisito banquete, pero no por el disfrute. En fin se puede tener abundancia de pan, pero no de paz.
Dios conoce esta penosa realidad y no es indolente ante ella. Por ende, desea que nuestro gozo sea real y completo, que perseveremos con fe y paciencia en medio de cualquier circunstancia, y que veamos su mano benéfica en todas nuestras vivencias. Naturalmente, el Señor entiende que vivimos en un cuerpo de carne y hueso, y que tenemos necesidad de cobijo y sustento. Solamente que nos insta a que primeramente busquemos su reino y su justicia, y nos promete que todas estas cosas nos serán añadidas (a).
Ahora bien, existe un pensamiento erróneo que afirma que Dios solo se interesa en la vida espiritual del hombre o en las actividades litúrgicas que se realizan dentro de una congregación. Que su campo de acción se limita a las cuatro paredes que conforman el templo de una denominación. Nada más lejos de la verdad. El Señor está muy interesado en nuestro bienestar general y está pendiente de todos nuestros asuntos. Este sentimiento del Espíritu lo vemos muy bien plasmado en la tercera epístola del apóstol Juan, cuando escribió a su querido hermano Gayo, diciendo: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma» (b).
Dios está primeramente interesado en la prosperidad de nuestra alma, ya que a medida que nuestra alma prospera, nuestra vida también lo hará. Una cosa va de la mano de la otra.
Prosperamos a medida que crecemos espiritualmente y el carácter de Cristo es formado en nuestros corazones. Somos exitosos en la medida que cumplimos con el llamado y el propósito para el cual Dios nos ha creado.
Para algunos, la siguiente idea resultará un poco difícil de digerir. Suele ocurrir que las temporadas de mayores pruebas y dificultades, son aquellas en las que más crecemos y prosperamos como individuos. Claro está, nuestra actitud, nuestra entereza y nuestras convicciones serán determinantes durante todo el proceso y en el desenlace del mismo.
Sentando las bases

Todo buen constructor sabe que antes de levantar las paredes de una edificación es necesario asentar bien sus bases. Lo mismo ocurre con el edificio de nuestra vida.
Si nuestro edificio no está fundamentado en el Señor, tarde o temprano, nos daremos cuenta de que, tal como les aconteció a esos constructores de Babel, el resultado de nuestra edificación será confusión, disolución, cansancio y ruina. Porque, tal como lo enuncia el libro de los salmos, «Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guardia. Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño» (c).
Es necesario que meditemos mucho en este punto y, en lo que sea necesario, tomemos acciones. A veces, sentimos que sembramos mucho y recogemos poco, que nuestro salario se nos escapa como el agua entre los dedos. Que, aunque tengamos muchas posesiones, no recogemos el fruto de paz y de gozo que tanto esperamos. Es por ello que la Palabra nos insta a reflexionar y meditar mucho en nuestros caminos, antes de comenzar a colocar piedra sobre piedra.
Mis amados, es menester que todo lo que emprendamos sea cimentado sobre el fundamento sólido de nuestra fe en el Señor, en su Palabra y en sus principios. Tratar de emprender desde las ruinas de la amargura, el egoísmo, la ira, el resentimiento, la vanidad o la envidia podría traer como consecuencia la ruina total.
En el evangelio de Mateo encontramos una parábola, que nos platica acerca de esta verdad. Allí Jesús dijo: «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina»(d).

A través de esta ilustración, el Señor deja muy en claro que todas nuestras edificaciones sufrirán los embates de los elementos, de los vientos recios y de los ríos impetuosos, sin importar cual sea el fundamento sobre el cual hayan sido cimentadas. Ninguno de nosotros está exento de tiempos de pruebas y temporadas difíciles. No se trata de si las pruebas vendrán, sino de cuándo. Por ello, es menester que no solo afirmemos que creemos en Dios y seamos oidores de su Palabra, sino que también seamos practicantes de la misma. Se trata de hacerla parte de nuestra realidad cotidiana.
Amados, para finalizar quisiera invitarles a que depositemos todos nuestros asuntos y todas nuestras cargas en las manos de nuestro Dios Todopoderoso. Él es nuestro Castillo Fuerte y en medio de sus muros podremos reposar tranquilos. Él nos promete que si nuestra vida está edificada sobre Él, Roca firme, se mantendrá en pie y firme, después de que la tormenta haya pasado.
Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas»
Josué 1:7
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Citas: (a) Mateo 6:33, (b) 3 Juan 2 , (c) Salmos 127:1-2, (d) Mateo 7:24-27.
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