Mi amado habló, y me dijo:

Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.

Porque he aquí ha pasado el invierno,

Se ha mudado, la lluvia se fue;

Se han mostrado las flores en la tierra,

El tiempo de la canción ha venido,

Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.

 La higuera ha echado sus higos,

Y las vides en cierne dieron olor;

Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.»

Cantares 2:10-13

Me embarga la emoción al evocar aquellos días de infancia en los que disfrutaba de los frescos y hermosos amaneceres, precedidos por las largas y frías noches lluviosas. Momentos en los que mis sentidos se iban impregnando de suaves y dulces sensaciones, a medida que caminaba por el pequeño patio de mi casa. Recuerdo como mi olfato se deleitaba con el intenso olor a tierra húmeda y hierba fresca. Mi oído se recreaba en la envolvente melodía del trinar de los muchos pajarillos. Y mis ojos se embelesaban contemplando como la victoriosa luz de la mañana desterraba a la densa oscuridad de la noche. De alguna manera, mi joven corazón entendía que ese nuevo amanecer venía acompañado de una nueva temporada.

Sensaciones similares brotan de mi interior al pasearme por este precioso pasaje del libro de Cantares. En él se nos habla de tiempos mejores. Tiempos en que los días gélidos y tristes ya forman parte de un pasado, y en los que una canción de gozo y alegría fluye profusamente de nuestros labios, ante el arribo y el llamado de nuestro Amado Señor.

Amados, entiendo que todos hemos atravesado o estamos atravesando por temporadas de difíciles pruebas e impetuosas tormentas. Ninguno de nosotros está exento de experimentarlas. Sin embargo, déjenme decirles que, por más incómodas o difíciles que éstas parezcan, no dejan de ser pasajeras y finitas. No obstante, es menester que nos levantemos y corramos hacia el Señor, para que entremos al reposo que Él tiene preparado para los que le aman.

Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas»

2 Corintios 4:17,1

Ahora bien, estoy convencido de que, si confiamos en Dios y creemos en su Palabra, vendrán de parte de Dios tiempos mejores. Temporadas que las Escrituras definen como días buenos (a) y tiempos de Refrigerio (b). Y, al contrario de los que muchos piensan, éstas no vendrán por el advenimiento de un nuevo año, sino que se harán patentes por medio de la acción del Espíritu de Dios en nuestras vidas. Por medio de Él seremos renovados y transformados, día a día. Y de este tema me gustaría compartirles el día de hoy.

Enteramente alineados

Porque: El que quiere amar la vida Y ver días buenos, Refrene su lengua de mal, Y sus labios no hablen engaño; Apártese del mal, y haga el bien; Busque la paz, y sígala.

1 Pedro 3:10
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Tal como lo hemos expuesto en artículos anteriores, lo que vemos manifestado en nuestras vidas no es el producto de una casualidad, sino que es el fruto de una manera de hablar, pensar y actuar. Eso, principalmente, ha determinado nuestro pasado, está condicionando nuestro presente y va delineando nuestro futuro. En ese sentido, si queremos «amar la vida y ver días buenos», necesitamos que esas tres áreas de nuestro andar se alineen con la voluntad de Dios y su deseo para con nosotros.

Para explicarme un poco mejor, a continuación, les presentaré tres palabras que en lo personal me resultan fascinantes, y que nos hablan de cómo podemos volvernos a Dios y entrar en sintonía con su voluntad.

Confesión

Ciertamente, el término confesar podría tomar diferentes acepciones según el contexto en el cual se emplee. Sin embargo, en esta pequeña sección quisiera enfocarme en una de ellas.

La palabra confesar, del vocablo griego Homologeó, nos habla de llegar a una misma conclusión y afirmar una misma cosa. La concordancia Strong la define de la siguiente manera:

Homologeó: (de 3674/ homoú, «juntos» y 3004/ légō, «hablar hasta llegar a una conclusión») – propiamente, afirmar la misma conclusión, es decir, estar de acuerdo («confesar»); profesar (confesar) por estar totalmente de acuerdo; alinearse con (endosar)(c).

Cuando entramos en sintonía con Dios podemos decir amén a su Palabra y comenzar a pensar y a hablar del modo que Él lo hace. Es decir, que, si al Señor le parece que algo es aborrecible o desagradable, para mí también lo será. Y, si a Él algo le resulta amable y agradable, en mí producirá el mismo efecto. Esto ocurre, no porque Dios se amolde a nuestro parecer, sino porque nosotros nos ajustamos al suyo, siendo convencidos y persuadidos por medio de la fe.

A medida que esto acontece, la Palabra de Dios comienza a morar abundantemente en nuestras bocas, y nuestros labios se convierten en manantiales de vida de donde brotan expresiones de bendición y no de maldición, de vida y no de muerte, cumpliéndose, de esta manera, lo que afirman las Escrituras en el libro de Proverbios: «Manantial de vida es la boca del justo» (d).

Si queremos ver días buenos y tener gozo en el corazón, necesitamos comprender lo importancia de guardar, dominar y entrenar nuestras lenguas, ya que con ellas se puede construir o destruir, levantar o derribar. No se puede ir sembrando por doquier palabras de muerte y pretender cosechar frutos de vida.

Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre; Se saciará del producto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua, Y el que la ama comerá de sus frutos».

Proverbios 18:20-22

Arrepentimiento

«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado…»

Hechos 3:19-20a

Nuestras lenguas no son órganos independientes ni están desarticuladas de nuestras mentes. Ellas están atadas a nuestros corazones y plasman, como plumas muy ligeras, lo que hay guardado dentro de ellos. Por ello, Jesús dijo que «de la abundancia del corazón habla la boca» (e). En ese sentido, antes de cambiar nuestra manera de hablar, deberá cambiar nuestra manera de pensar, es decir, debe producirse en nosotros un arrepentimiento.

El arrepentimiento, a diferencia de lo que la mayoría entiende, trasciende a un simple remordimiento, ya que se puede sentir pesar o remordimiento por algo y, no obstante, continuar haciéndolo. Se puede sentir dolor y lamento ante las consecuencias del pecado, pero no por el pecado mismo. Un verdadero arrepentimiento nos lleva a pensar de la manera en que Dios lo hace, a aborrecer lo que Él aborrece y a amar lo que Él ama.

El término arrepentimiento nos habla de un cambio de mentalidad y de propósito. En la concordancia Strong lo define de la siguiente manera:

Metanoéō («arrepentirse») (de 3326/ metá, cambiado después de haber estado con» y 3539 / noiéō, «pensar») – propiamente, «pensar de forma diferente después de [algo],» «después de un cambio de mentalidad» (f).

Una vez que tenemos un encuentro personal con nuestro amado Señor Jesucristo nuestras vidas no podrán ni deberán ser las mismas. Nuestra manera de pensar debe ir cambiando a medida que le conocemos y escudriñamos su Palabra. Por ello, considero que el arrepentimiento, más allá de un hecho puntual, es un proceso de todos los días. Nuestras mentes deben ser ejercitadas en lo que es bueno y agradable ante Dios.

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.  Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros».

Filipenses 4:7-10

Entonces, si deseamos disfrutar de tiempos de refrigerio y días de paz, necesitamos que nuestras mentes sean transformadas y renovadas por la acción diaria del Espíritu Santo y, así, comenzaremos a comprender más y más cuál es la voluntad de Dios y cuáles son sus propósitos para con nosotros.

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.«

Romanos 12:2

Conversión

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Cuántos de nosotros ha querido transitar por sus propios caminos, excluyendo a Dios de sus decisiones y tratando de establecer sus propias reglas. Los que lo hemos intentado, hemos visto que el resultado de esa vana manera de vivir y de esa obstinada actitud, no ha sido más que desilusión, dolores y angustias.

Si esta es tu realidad, déjame decirte que es hora de levantar los ojos a los cielos, de volver en sí y de marchar a la casa del Padre. Allí conseguiremos el refrigerio y la paz que tanto anhelamos. Es hora de experimentar una conversión.

La Palabra Conversión nos habla de un cambio de rumbo, de girar 180 grados y tomar el sentido correcto. Este término, del griego Epistrephó, es definido en la concordancia Strong de la siguiente manera:

Epistrephó (Convertir): De epi y strepho; revertir (literalmente, figurativa o moralmente) — venir (ir) de nuevo, convertir, (re-)girar (de nuevo, otra vez) (g).

Es necesario que nos volvamos al Señor para que podamos descansar en sus lugares de delicados pastos y seamos pastoreados junto a sus aguas de reposo, tal como lo reza el Salmo 23.

Volvamos a Dios tal cómo estamos, no esperemos solucionar las cosas por nuestra cuenta ni pensemos que debemos estar limpios para acercarnos a Él. Dios conoce nuestra condición, es amplio en perdonar y grande en misericordia. A un corazón contrito y humillado no lo desprecia y si alguien se acerca a Él, no le hecha fuera.

Para finalizar, me gustaría destacar que el llamado al arrepentimiento y a la conversión ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad, y sigue estando en pie en este día. El Señor nos invita a levantar nuestros ojos y a correr en pos de Él, para que hallemos salvación y vida eterna. Fuera de Él nada podemos hacer. Pidámosle que entre en nuestras vidas y nos transforme en todos los sentidos y, de esta forma, vendrán de su parte tiempos de refrigerio.

Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

Hechos 17:30-31

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Citas: (a) 1 Pedro 3:10, (b) Hechos 3:19-20a , (c) Definición de Homologeó Concordancia Strong 3670, (d) Proverbios 10:11, (e) Lucas 6;45, (f) Definición de Metanoeó Concordancia Strong 1515, (g) Definición de Epistrephó Concordancia 1994.

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