Cuán difícil nos puede resultar encontrar paz cuando nuestras barcas navegan en las agitadas aguas de una sociedad convulsionada, en donde la inmediatez de las cosas se ha convertido en la orden del día y el ritmo de vida es cada vez más exigente. O, cuando nuestras mentes son turbadas por los innumerables pensamientos y preocupaciones que, lejos de marcharse al final de la jornada, se van con nosotros a la cama e impiden que conciliemos el sueño y obtengamos el tan anhelado descanso.

Todos estos factores, entre otros, han producido que el estrés, el afán y la ansiedad, se hayan constituido en los males más comunes de esta sociedad moderna; y que la paz y el reposo se hayan convertido en los objetos más preciados y demandados por la gran multitud.

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Lo cierto es que la paz es un bien y un don precioso que todos necesitamos procurar, y mantener, si queremos tener días de refrigerio y gozar del reposo.

El apóstol Pedro escribió: «El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala»

1 Pedro 3:10-11

La palabra Paz es definida, comúnmente, como la ausencia de conflicto o como un estado donde no hay guerras ni luchas entre las partes enfrentadas. También se le conoce como una condición de tranquilidad mental y armonía interna. Sin embargo, más allá de estos conceptos, en este artículo quisiera hablarles de lo que significa la paz verdadera y de cómo está se puede alcanzar. Acompáñenme en esta lectura, les aseguro que les será de mucha bendición y provecho.

Mi Paz os Doy

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Lo primero que debemos saber es que la paz, la verdadera paz, no es de procedencia humana sino que es un don de Dios y un fruto de su Espíritu (a). En ese sentido, debemos resaltar que es imposible gozar plenamente de la paz de Dios si no tenemos al Dios de paz morando y reinando en nuestros corazones.

Jesús es nuestra paz, nuestro Príncipe de paz. Fuera de Él no existe otra fuente que pueda suministrarla. Él dijo: “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (b).

A través de esta aseveración, Jesús nos enseñó que existen dos tipos de paz, la que ofrece el mundo y la que solo Él nos puede dar.

La «paz del mundo» depende de que las circunstancias estén bajo nuestro control o de que, por lo menos, sintamos que están dentro del marco de nuestras posibilidades. Está ligada a que tengamos un buen empleo, un buen seguro médico, gocemos de una buena salud, y a que nuestros balances financieros estén en verde. Pero una vez que una de estas columnas cede, nuestro edificio comienza a tambalearse y un profundo sentimiento de angustia y desasosiego se apodera de nuestras mentes, haciendo que perdamos la calma y la tranquilidad (c).

En contraposición, la paz de Dios no pende de circunstancias ni situaciones externas, tampoco de nuestras posesiones o posibilidades. Con esto no quiero decir que todas las cosas, mencionadas en el párrafo anterior, no sean importantes y necesarias porque, indudablemente, lo son. Lo que deseo expresar es que podemos experimentar la paz de Dios a pesar de que, en un momento determinado, no gocemos de una o varias de ellas.

La paz no implica, necesariamente, la ausencia de conflictos o problemas, ya que se puede tener paz en medio de las más impetuosas tormentas y las más feroces batallas. Por ello, las Escrituras señalan que la paz de Dios sobrepasa a todo entendimiento y comprensión humana.

Un ejemplo claro de lo anteriormente expuesto, lo podemos conseguir en el libro de los Salmos. Allí encontramos un par de declaraciones, escritas por el rey David, que en lo particular me alientan, me llenan de confianza y me han ayudado a descansar, incluso en medio de las pruebas. La primera dice: “Yo me acosté y dormí, y desperté, Porque Jehová me sustentaba” (d) y la segunda enuncia: “En paz me acostaré, y así mismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (e). Lo que más impacta de estos versos es el contexto bajo el cual fueron escritos. David no enunció estas palabras de confianza en tiempos de bonanza y tranquilidad, sino que los hizo en una temporada de conflictos y persecución. Él pudo creer que el Todopoderoso le sostenía y que su vida estaba en sus manos.

Por otro lado, al estudiar la vida del apóstol Pablo, vemos que él escribió cuatro de sus hermosas cartas desde una posición que para cualquiera de nosotros podría resultar desesperante. Él lo hizo desde la cárcel. No obstante, podemos notar la paciencia que revisten sus palabras y la paz y tranquilidad que transmite a través de ellas. Humanamente, esto no se puede entender. Cómo se puede tener el gozo y la paz en medio de esos duros momentos. Solo Dios puede hacer esto posible.

Estimados, la paz de Dios depende de nuestra relación con Él y de la fe que le tengamos. El Espíritu nos persuade y nos lleva, por medio de la fe, a creer y confiar en sus promesas y, de esta forma, nos provee una paz sobrenatural que acurruca y acobija nuestros corazones en medio de las más gélidas temporadas.

Una Mente Dividida

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«Cuando mis inquietudes se multiplican dentro de mí, tus consuelos deleitan mi alma.»

Salmos 94:19

Es necesario admitir que aunque muchos de nosotros ya ha conocido a Jesús como Señor y Salvador, muchas veces no disfrutamos, a plenitud, de la paz que Él nos ofrece. Esto nos acontece porque por nuestras mentes tienden a divagar y a moverse, continuamente, en medio de una gran multitud de pensamientos que nos turban y nos llevan a vacilar. Muchos de esos pensamientos están asociados a un pasado inalterable, al afán de un presente agitado o a la ansiedad de un futuro desconocido.

El apóstol Pablo escribió:

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”

Filipenses 4:6-7.

Es interesante constatar que en el original griego las palabras paz y afán tienen un significado antagónico. La palabra paz (de Eiréné )(f) nos habla de «juntar, atar para formar un todo«. Mientras que el vocablo afán (de Merimnaó)(g) significa: «una parte, contraposición al todo» , «dividir en partes». Y, en sentido figurado, irse a pedazos.

Cuando nos afanamos nuestras mentes se mueven en diferentes direcciones y se debaten entre muchos pensamientos. Esto produce que nuestros corazones se dividan y se sumerjan en el poso de la ansiedad y del desasosiego.

La solución a este dilema la encontramos en el libro de Isaías, donde dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (h). Es decir, el Señor nos insta a que nuestros pensamientos se mantengan centrados en Él y en sus promesas. De esta manera, seremos sostenidos y sustentados en tiempos de angustia, con una paz que sobrepasa todo entendimiento.

Estimados, necesitamos ejercitarnos en perseverar en la Palabra para que nuestros pensamientos se alineen y se sintonicen con los de Dios. Medita en esto.

«Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros».

Filipenses 4:8,9

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Notas: (a) Gálatas 5:22,23, (b) Juan 14:24, (c ) Extracto del Libro Participantes de la Naturaleza Divina. Johnny A. Gómez , (d) Salmos 3:5, (e) Salmo 4:8, (f) definición de Eiréné: Concordancia Strong 1515, (f) definición de Merimnaó: Concordancia Strong 3309, (h) Isaías 26:3.

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Un comentario en “Paz en la Tormenta

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