Vivimos en un mundo acelerado y exigente, donde las necesidades del día a día, las vicisitudes de la vida y el tirano tiempo, pretenden impedir que nos sentemos a reflexionar acerca de quiénes somos, hacia dónde vamos y cuáles deberían ser nuestras prioridades. Esta realidad, aunada con el desconocimiento de Dios y su Palabra, ha producido que las mentes de muchos hombres y mujeres hayan sucumbido ante el afán de un presente demandante y la ansiedad por un futuro incierto. Cada vez se deja oír, más y más, el gemir enmudecido de una muchedumbre que clama por paz, reposo y seguridad.
Esta situación no es nueva y ha sido la vivencia de un sin número de personas en el transcurso de toda la historia, entre las cuales me incluyo, que ha vagado por los desiertos de la vida en la búsqueda de esas aguas que sacien sus corazones sedientos y llenen los vacíos en sus almas.
El evangelio de Mateo relata como Jesús al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (a). Estaban fatigadas y desorientadas, maltrechas y desamparadas. Si estudiamos esta escena, en el idioma original, podemos vislumbrar que fue mucho más intensa y estremecedora. Parafraseando un poco este pasaje, podemos decir que Jesús fue movido a misericordia, estremecido en lo íntimo y conmovido en sus entrañas, al ver la condición de los hombres que iban errantes, desorientados y con sus corazones cargados de angustias.
Estimados, el Señor no es nada indolente ante el nuestro dolor y nos comprende más allá de lo que podamos pensar. A diferencia de como nos lo han presentado las religiones, Dios no es un ser lejano sino cercano y su interés siempre ha sido el de restaurar, levantar, sanar y bendecir al hombre, y esto lo vemos claramente a lo largo de toda la escritura.
«En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad.«
Isaías 63:9
A continuación les invito a que meditemos un fragmento ubicado en el libro del profeta Isaías, allí dice: «Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis, sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos; por tanto, vosotros huiréis…« (b).
Del lado de Dios hay un ofrecimiento de paz, reposo y salvación. Sin embargo, queda de nuestra parte, como entes con libre albedrío, el aceptarlo o no. Podemos decidir confiar en Dios y en sus promesas, o continuar por nuestros caminos, haciendo las cosas a nuestra manera, tratando de establecer nuestras propias leyes y queriendo imponer nuestra voluntad. Si decidimos lo primero, hallaremos paz y reposo para nuestras almas; pero si nos decantamos por lo segundo, seremos alcanzados por la fatiga y el desasosiego. El deseo de Dios es que escojamos lo primero, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
«Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia»
Deuteronomio 30:19
Una Fuerza Domada

En este punto muchos se preguntarán ¿Cómo puedo alcanzar esa tan anhelada paz y ese reposo que requiere mi alma? Y, como siempre, el Señor nos provee la respuesta. Él dijo: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera” (c).
Estas palabras, aunque cortas en extensión, son profundas en sabiduría. Durante su ministerio terrenal Jesús exhibió, a través de sus hechos y palabras, cualidades como la paciencia, la templanza, la sabiduría y el amor, solo por nombrar algunas de ellas. Sin embargo, hubo dos virtudes que delineaban claramente su carácter a las cuales nos llamó a imitar, si queremos hallar el reposo para nuestras almas, y estas son: la mansedumbre y la humildad. No es coincidencia que estas cualidades son diametralmente opuestas a aquellas que describen la personalidad de satanás, quien ha sido rebelde, soberbio y orgulloso desde el principio.
La mansedumbre y la humildad han sido asociadas erróneamente a la debilidad, la pusilanimidad, o a la pobreza. Sin embargo, lejos de esta concepción, estas dos características nos hablan de templanza, sujeción, dominio propio, confianza, dependencia de Dios y sobre todo, de fe. Describen un carácter formado y sumiso a los designios de Dios.
Resulta muy interesante estudiar estas palabras, en el original griego, ya que nos esclarecen mucho más el panorama. Por ejemplo, el término mansedumbre no habla de carencia de fuerzas, sino más bien de una fuerza gentil, controlada, suave y dócil, como la de un caballo que ha sido domado y pone sus fuerzas al servicio de quien lo conduce. En este caso una fuerza bajo control y guía del Señor. Si somos mansos seremos enseñables y moldeables.
Por su lado, podríamos decir que la humildad describe el carácter aquel que depende de Dios y no de sí mismo, debido a que se reconoce su pequeñez y la grandeza de su Señor.
Debemos reconocer que muchas veces hemos sido muy fuertes en nuestra personalidad, queriendo establecer nuestros propios caminos y hacer las cosas a nuestra manera, en independencia de aquél que nos creó y llamó con propósito. En consecuencia, nos hemos constituido en los principales obstáculos para que Dios haga su obra en nosotros. Hemos declarado frases como «Yo soy así, así me criaron» y nos resistimos a deponer nuestra posición, aun cuando esto resulte en detrimento de nosotros mismos.
Un ejemplo claro de este tipo de actitud la podemos ver en la conducta de Saulo de Tarso, quien a la postre llegó a ser el apóstol Pablo. Él, movido por un celo desenfrenado por sus tradiciones y su religión, comenzó a perseguir cruelmente a los discípulos de Cristo, sin siquiera entender que era al mismo Cristo a quien estaba persiguiendo. Y fue en ese ínterin, cuando se dirigía a Damasco para ir en contra de los cristianos, que «de repente resplandeció en su derredor una luz del cielo; y al caer a tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y El respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues;» (d); «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (e). Básicamente, el Señor le estaba diciendo a Saulo que, con esa actitud porfiada y obstinada, no solo estaba luchando contra Dios, sino que se estaba haciendo daño a sí mismo.
Ahora bien, esto no solo le sucedió a Pablo, sino que también nos acontece a nosotros ¿Cuántas veces no hemos querido recibir y seguir el consejo de Dios? ¿Cuántas veces nos hemos desviado y hemos escogido nuestro propio camino, aun cuando hemos visto que ha sido para nuestro propio perjuicio? Nos hemos hecho daño a nosotros mismos y a los demás, no queriendo deponer nuestra actitud, hasta que se presenta una situación que nos pone freno.
«Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, Que han de ser sujetados con cabestro y con freno, Porque si no, no se acercan a ti».
Salmos 32:8-9
Estimados, el Señor disciplina y corrige a todo aquél que recibe como hijos y, muchas veces, permitirá situaciones en nuestras vidas que funcionarán como un freno para evitar que sigamos corriendo por ese camino que, lejos de llevarnos a la paz y a la vida, nos están conduciendo desasosiego y a la muerte. Dios, como un padre amoroso y responsable, nos corrige a tiempo para evitarnos un mal mayor.
No dejemos que se presenten esas situaciones difíciles y dolorosas para cambiar de rumbo y tomar la decisión de acercarnos a nuestro amado Dios y Salvador. Esta es la actitud más sabia que podemos tomar. Aprendamos de Jesús quien incluso rindió su voluntad a la del Padre, allá en el monte de Getsemaní, diciendo:»Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (f).
Enyugados con el Señor
Para finalizar, permítanme extraer otro punto bien interesante del discurso de Jesús. Este es su invitación a que llevemos su yugo sobre nosotros. Un yugo es un instrumento usado en la agricultura para arar la tierra. Éste une a dos animales de tal modo que a donde va uno también va el otro, permitiendo también que la carga y el trabajo de éstos se haga más llevadero, porque se realiza en conjunto.

Amados, el Señor sabe que estamos trabajados y cargados y su deseo es hacernos descansar. No lleves esa carga tu solo, más bien sigamos el sabio consejo del Salmo 55:22, que reza «Echa sobre el SEÑOR tu carga, y Él te sustentará; El nunca permitirá que el justo sea sacudido». Recibamos con toda confianza el yugo del Señor y permitámosle que sea Él quien nos guíe en ese camino que conduce a la paz y a los pastos deleitosos. Dejémonos guiar como esos niños que van tomados de la manos firmes y seguras de sus padres, y depositemos en Dios nuestros caminos con fe y plena certidumbre.
En Dios podemos depositar toda nuestra confianza y reposar en su presencia. Él nos ama y lo ha demostrado con creces, dando su vida por nosotros en la cruz del Calvario. Confiemos ciegamente en su persona, su dirección y su voluntad para con nosotros, que según la epístola a los Romanos es buena, agradable y perfecta (g). Los planes que Dios tiene para con nosotros son mayores y mejores que aquellos que hemos concebido y establecido para con nosotros mismos. A Dios sea la Gloria por los siglos de los siglos. Amén.
«El SEÑOR es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. El restaura mi alma; me guía por senderos de justicia por amor de su nombre».
Salmos 23:1-3
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Citas Bíblicas: (a) Mateo 9:36 , (b) Isaías 30:15-16a, (c) Mateo 11:28-38, (d) Hechos 9:3-5, (e) Hechos 26:14, (f) Mateo 26:39, (g) Romanos 12:2.
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