Cada vez reconocemos, más y más, la importancia de conservar una buena salud física a través de una dieta balanceada y ejercicios regulares. Hemos aprendido a poner atención en las comidas que ingerimos y a estudiar los beneficios o perjuicios que éstas podrían acarrear a nuestro organismo.  Sin embargo, a veces se nos olvida que somos seres tripartitos y que nuestro bienestar integral no radica solamente en la salud de nuestros cuerpos mortales, sino que también tenemos un alma y un espíritu que debemos cuidar y mantener con diligencia.

Las Escrituras nos enseñan que el hombre está compuesto por el espíritu, el alma y el cuerpo. Cada una de estas partes debe ser nutrida y atendida correctamente para que cumpla su propósito y funcione adecuadamente.  Por esta razón, ciertamente debemos trabajar e invertir en nuestra alimentación y salud física, pero también es necesario que dediquemos tiempo e invirtamos recursos en la edificación de nuestra alma y en el desarrollo de nuestra vida espiritual. Recordemos que «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (a).

«Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».

1 Tesalonicenses 5:23

Es importante señalar que las tres partes que conforman nuestro ser no son del todo independientes ni están aisladas la una de las otras, antes bien, lo que afecta a la una también suele afectar a las otras.

Muchas de las afecciones físicas tienen su origen en la psiquis. Es decir, se originan en la mente y se manifiestan en el cuerpo, se somatizan. Un mal manejo de las emociones, el estrés, la angustia, la ansiedad, la ira y el rencor, podrían producir problemas gastrointestinales y dolencias en diversas partes de nuestro cuerpo. De igual manera, debemos saber que un gran número de las patologías físicas y mentales son el producto de una vida espiritual desordenada.

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Los alimentos que requieren cada una de las partes de nuestro ser son diferentes y se hallan en el plano en que éstas existen y se desenvuelven. Por ejemplo: El cuerpo necesita de aquellas proteínas y vitaminas, de origen vegetal o animal, que nos suplen de la energía necesaria para cumplir con nuestras labores diarias y mantenernos saludables. El alma,  el lugar donde se asientan nuestros pensamientos, sentimientos, voluntad e intelecto, se alimenta de todo lo que observamos, escuchamos, leemos, sentimos, pensamos, hablamos y de todo alimento que se obtiene a través de nuestro espíritu. Y nuestro espíritu se nutre, adecuadamente, con el alimento que se consigue a través de la meditación en las Escrituras y el contacto íntimo con Dios, nuestro Padre, por medio de la oración y la adoración.

Ahora bien, así como podemos consumir comidas chatarras e indigestantes en el mundo físico, también lo podríamos hacer en las dimensiones del alma y del espíritu. Muchos han envenenado a sus almas alimentándolas con todo tipo de bazofia espiritual. Sus mentes han sido intoxicadas por el pésimo alimento, adquirido en el mercado de las degradantes emisiones televisivas, en la internet, la pornografía, las malas conversaciones, etc.  Otros, lamentablemente, se han contaminado espiritualmente por medio del contacto con el reino de las tinieblas, involucrándose en prácticas oscuras como la hechicería o en cualquier otra de las corrientes espirituales que alejan los sentidos del hombre del Dios verdadero.

Con todo lo anteriormente expuesto, no estoy afirmando que no podemos tener contacto con el mundo que nos rodea ni que vivamos como ermitaños; solo quiero recalcar lo importante de poner atención en lo que consumimos, pues, tarde o temprano, nos transformaremos en aquello que comemos. Cada quien es responsable de cuidar su propia alimentación. En ese sentido, les invito a que nos sentemos a meditar acerca de en qué estamos pensando, qué están viendo nuestros ojos y en cuáles conversaciones se están involucrando nuestros labios y oídos. De este ejercicio de introspección podemos sacar muchas conclusiones y entenderemos el porqué de muchas de las cosas que nos acontecen.

Siempre tomo como referencia las palabras dirigidas por el apóstol Pablo a la iglesia en Corinto. Él dijo: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica» (b). Es decir, no todo lo que nos es permitido, social y legalmente, contribuye a nuestro crecimiento emocional y espiritual. No todo suma a nuestro desarrollo como individuo ni añade paz a nuestros corazones. Por ejemplo: largas horas de ocio frente a la TV o a un ordenador podrían constituirse fácilmente en un serio obstáculo en la consecución de nuestras metas. Por eso siempre es bueno que nos formulemos las siguientes preguntas: ¿Lo que estoy haciendo, sintiendo o pensando me está ayudando a crecer como individuo? ¿Está influyendo de forma positiva en mi vida y en la de aquellos que me rodean? ¿Están contribuyendo a mi vida espiritual?

Damos gracias a Dios, porque en Él siempre hallaremos las respuestas a todos nuestros dilemas y su Palabra viene a constituirse en  medicina para nuestros cuerpos, y refrigerio para nuestros huesos (c). El Señor nos invita a que nos sentamos en su mesa y comamos del banquete que solo puede ser dispensado por medio de su Espíritu.

«Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él».

Juan 6:55-56

Come de este Libro

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El Espíritu nos insta a que no solo leamos la Palabra, sino a que también la comamos y pongamos por obra. Cuando leemos algo lo hacemos parte de nuestro intelecto, pero cuando lo comemos lo hacemos parte de todo nuestro ser.

En Jeremías 15:16 dice: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos”. Otras versiones utilizan el verbo devorar en vez de el de comer. Es decir, no solo es importante que nos alimentemos de la Palabra, sino que también es menester que la devoremos, que la comamos con ansias y rapidez, hasta no dejar nada.

Cuando decimos que es preciso comer de la Palabra, nos referimos a que es necesario que la meditemos, la procesemos y la rumiemos como ovejas. Que ellas sean nuestra delicia y sobre todo que se hagan parte de nuestra cotidianidad. De esta manera, nuestras vidas van a sufrir una verdadera transformación que se irá gestando desde nuestro interior y abarcará todas las partes de nuestro ser, incluyendo a nuestros cuerpos mortales.

Jesús no solo hablaba de la Palabra, sino que también la vivía. Por ello Las Escrituras lo identifican como el verbo hecho carne. Cuando Él declaraba las Escrituras lo hacía con autoridad, no como quien solo las conoce de una manera teórica, sino como quien realmente la vive. El no vino para abrogar la ley, sino para cumplirla y darle todo su sentido.

Estimados, el alimentarnos de las Escrituras nutrirá todo nuestro ser e incluso cambiará hasta nuestra manera de hablar. Ya no usaremos las mismas expresiones antiguas, provenientes del viejo hombre, sino que ahora usaremos aquellas que reflejan un nuevo carácter y una nueva naturaleza. Las Palabras vendrán revestidas de la vida de Cristo, lo cual pondrá en evidencia que hemos pasado tiempo de calidad e intimidad con nuestro maestro. 

Quisiera finalizar diciendo que nos conviene enfocar nuestra mirada en lo que realmente trae ganancias eternas y no en lo perecedero y temporal de lo material. Debemos cuidar y respetar nuestro cuerpo físico, pero no podemos ignorar que éste va a desaparecer de un momento a otro, por ello debemos prestar aún mayor atención a nuestra vida espiritual, ya que ella transcenderá a la muerte física. Comamos hoy de Cristo, alimentémonos de las riquezas espirituales que solo Él nos puede proveer. Esto se traducirá en gozo, dicha, fe, confianza, templanza y alegría para nuestras almas. Pidámosle al Señor que nos de hoy nuestro pan de cada día.

Este tema me resulta fascinante y espero poder compartirles más, en una segunda entrega. Si quieren saber más sobre este tópico, les invito a que consulten el libro «El Hombre Espiritual» publicado por este mismo autor.

Jesús dijo: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás«.

Juan 6:35

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Citas Bíblicas: (a) Mateo 4:4, (b) 1 Corintios 10:23, (c) Proverbios 3:8

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