Cuenta la historia que, en medio de una noche oscura, se acercó a Jesús un reconocido maestro de la ley y prominente personaje entre los judíos, llamado Nicodemo.  Éste, allegándose a Jesús,  le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (a). E inmediatamente Jesús le respondió, diciendo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (b).

Antes de continuar con este fascinante pasaje, permítanme tomar algunas líneas para hablarles un poco acerca de este enigmático personaje de quien, se dice, fue un seguidor de Jesús, pero en secreto.

Nicodemo formaba parte de un grupo religioso conocido como los fariseos, el cual se caracterizaba por defender la observancia estricta de la ley y por tratar de cumplir a rajatabla los ritos y tradiciones religiosas. Sin embargo, aunque Nicodemo reconocía la autoridad del Maestro y sabía mucho de las Escrituras, al parecer no conocía realmente al Dios de las Escrituras ni había tenido un encuentro personal con Él. Esto se hace evidente a través de la lectura de éste y de otros fragmentos del evangelio.

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Jesús dijo a Nicodemo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu».

Juan 3:5-8

En este relato no se habla, explícitamente, de las motivaciones que llevaron a Nicodemo a acercarse aquella noche a Jesús, pero de seguro que la respuesta que recibió de su parte le dejó atónito y rompió todos sus esquemas. Y esa respuesta sigue siendo la misma para ti, para mí y para todo hombre, en todo lugar: «Os es necesario nacer de nuevo«.

Es necesario que, así como hemos traído la imagen de nuestros padres terrenales, a través del nacimiento físico, ahora traigamos y reflejemos la imagen de nuestro Padre celestial, por medio del nacimiento espiritual. Y, así como hemos nacido a partir de una simiente corruptible, seamos ahora renacidos por medio de la simiente incorruptible de la Palabra de Dios.

Un nuevo nacimiento no tiene nada que ver con el asistir religiosamente a unas reuniones ni con el tratar de realizar muchas obras para Dios. El nuevo nacimiento es el que se experimenta, en nuestro interior, al tener un encuentro personal con Jesús, reconociéndolo como nuestro Señor y Salvador.

Un Corazón de Carne

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Todavía no termino de maravillarme, y pienso que nunca lo haré, de la hermosura de las Escrituras y de la sabiduría que éstas encierran. Digo esto porque me impresiona ver como la Palabra resaltó, en el versículo inmediatamente anterior al encuentro de Jesús con Nicodemo, que el Señor conocía a todos los hombres y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio de ellos, «pues él sabía lo que había en el hombre» (c). Es decir, antes de que Nicodemo visitara a Jesús, ya éste le conocía y sabía cuál era su verdadera necesidad. En consecuencia, la respuesta que Cristo le dio fue certera y directa.

Creo que Nicodemo, como cualquier practicante de una religión, podría haber pensado que lo que requería para agradar a Dios o sentirse realizado espiritualmente, era solamente hacer unas cuantas cosas y dejar de hacer otras. Pero la realidad es que Jesús no viene a transformar al hombre de manera superficial, mucho menos a ofrecerle una nueva religión. Dios quiere darnos una nueva identidad y una nueva naturaleza. Ésta, nuestra nueva vida, no consiste en realizar muchas obras para Dios, sino más bien, en que Dios haga una obra en nosotros y nos dé un nuevo corazón.

«Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios»

Ezequiel 11:19-21

Ahora, ¿Qué hay con respecto a nosotros? Cuántas veces hemos pensado que el meollo de nuestros problemas radica en un vicio en particular o en un pequeño rasgo de nuestra personalidad que necesita ser corregido o cambiado. Cuántas veces hemos pensado que si realizamos algunos cambios a nuestro alrededor, nuestras vidas van a ser diferentes. Muchas veces nos enfocamos en las apariencias y en lo externo, pero pocas veces hacemos un ejercicio de autoanálisis y miramos hacia el núcleo de nuestro ser, hacia nuestros corazones. Si así lo hiciéramos, caeríamos en cuenta de que, tal como lo expresó Job, la raíz del asunto está en nosotros (d).

Estimados, ante los demás podríamos vestir diferentes máscaras, pretendiendo encubrir nuestras verdaderas intenciones o aparentar una realidad que no es la nuestra. Mas Dios sondea la profundidad del corazón del hombre y, por ende, nada le es oculto. Y, tal como enunció el apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, llegará «… el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres» (e). En ese día, Dios traerá toda obra encubierta a juicio, sea buena o sea mala, y nuestros corazones estarán completamente desnudos ante Él.

«… porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.»

1 Samuel 16:7

Para finalizar, les compartiré una idea con la que muchos no estarán de acuerdo y otros, hasta querrán arrojarme piedras. Quién de nosotros no ha escuchado esas frases trilladas y desgastadas, que muchos consideran románticas, que nos invitan a confiar en nuestros corazones y a dejarnos guiar por ellos. Pero la Palabra nos enseña que: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras «(f).

Les invito a que reflexionemos en este versículo, porque saca a la luz la naturaleza caída del corazón del hombre. De él podemos resaltar dos puntos bien ilustrativos:

  1. Nuestro corazón nos puede engañar, manipular y llevar a tomar malas decisiones. Él es volátil y pasional. Por ello la Palabra nos enseña que «si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios«(g). Más que fiarnos en los sentimientos y pensamientos de nuestros corazones humanos, conviene que confiemos en la certera Palabra de Dios y en el discernimiento del Espíritu.
  2. El vocablo que fue traducido como perverso también puede significar desahuciado o incurable. Es decir, el corazón del hombre sin Dios está perdido, no tiene remedio. Por ello, el Señor nos da de su Espíritu Santo para que habite en nuestros corazones y los transforme, haciéndolos sensibles a su Palabra y a su voluntad. Un corazón conforme al suyo.

Estimados, a algunos les podría resultar un poco duro este mensaje pero yo lo encuentro bastante alentador y esperanzador, porque me hace entender que Dios, aun conociendo la naturaleza de nuestros corazones y sabiendo todos y cada uno de nuestros secretos, nos ha amado y ha entregado a su Hijo Unigénito para salvarnos. Su amor es así de inconmensurable. Siendo así, vayamos confiadamente ante el trono de su gracia y pidámosle, tal como hizo el salmista, que escudriñe nuestros corazones y los pruebe, para ver si hay en ellos camino de perversidad y nos guíe en el camino eterno(h). Dios es amplio en perdonar y grande en misericordia.

Y «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida»

Proverbios 4:23

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Notas bíblicas: (a) Juan 3:2, (b) Juan 3:3, (c) Juan 2:25, (d) Job 19:28, (e) Romanos 2:16, (f) Jeremías 17:9-10, (g) 1 Juan 3:21, (h) Salmos 139:23-24

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