Si nos embarcásemos en una travesía para indagar dónde moran los sueños, quedaríamos atónitos al descubrir que la gran mayoría de ellos yacen inertes, unos cuantos metros bajo tierra, sepultados con aquellos que nunca se atrevieron a emprender y cuyo temor les paralizó por completo. A otros les hallaríamos a lo largo del camino, desgastados y corroídos, desechados por quienes sucumbieron ante el calor abrasador de las pruebas y renunciaron a su carrera. No obstante, creo que nuestro mayor asombro sería el constatar que muchos de esos sueños fueron abandonados, a pocos metros de la línea final, por aquellos que ignoraban que lo único que les separaba del premio era solamente una endeble y delgada cinta de tela. Pero en este día estoy convencido de que nosotros no somos de los que se rinden ni de los que retroceden, sino de aquellos que, sin apartar la vista del Señor, corren con determinación hasta alcanzar el gran galardón.
Antes de continuar, me gustaría tomar unas líneas para clarificar que cuando hablo de sueños no me estoy refiriendo a metas egoístas ni a meras aspiraciones humanas. Estoy hablando de esas visiones que están relacionadas con nuestro propósito de vida y que fueron sembradas por Dios en nuestros corazones y; por ende, están fundamentadas en su Palabra y respaldadas por sus promesas.
«… porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén… para la gloria de Dios».
2 Corintios 1:20
Con respecto a esto hay mucho que decir, ya que algunos podrían pensar que estamos hablando de grandes proezas o de metas muy elevadas. Pero, en realidad, estamos platicando acerca de cumplir con nuestro propósito de vida, de acuerdo a lo que Dios ha depositado en nuestros corazones, según la medida de fe que Él ha repartido a cada uno en particular y basados en el contexto en el que hemos sido llamados. Recomiendo leer el libro «Llamado y Propósito» si queremos profundizar más en estos temas.
Ahora bien, si recibimos una visión de parte del Señor podemos correr confiados hacia la consecución de la misma, ya que sabremos que es Dios mismo el que nos sostiene. En Dios tenemos la garantía del cumplimiento de todas sus promesas.
Me fortalecen mucho las palabras dadas por el patriarca Josué al pueblo de Israel, una vez que hubieron conquistado la tierra prometida. Él les dijo: «… y vosotros sabéis con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma que ninguna de las buenas palabras que el SEÑOR vuestro Dios habló acerca de vosotros ha faltado; todas os han sido cumplidas, ninguna de ellas ha faltado» (a). Fiel es nuestro Dios y fieles sus promesas.
«Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?»
Números 23:19
Ahora, para concretar una carrera y obtener el tan apreciado galardón, lo primero que tenemos que hacer es arrancar, luego correr y, por último, perseverar hasta el final. Sobre estos tres puntos les hablaré a continuación.
Del Deseo a la Acción.
Me gusta comparar a los sueños con las semillas. Una semilla puede esconder dentro de sí a un gran árbol, pero si éstas no son plantadas, regadas y cuidadas, se hacen infructíferas. De manera similar, los sueños requieren de nuestra participación activa para que se concreten y materialicen.
Cuando se nos da una visión no podemos quedarnos inmóviles sino que debemos zarpar y navegar, con determinación y entereza, en ese itinerario que nos conduce al cumplimiento de la misma. De no ser así, correríamos el riesgo de no pasar de ser simples soñadores e idealistas. Es necesario pasar del deseo a la acción, de la teoría a la práctica y de la energía potencial a la cinética.
Tal como lo declaró Santiago en su carta, no podemos ser solamente oidores de la palabra sino también hacedores de la misma. No nos quedemos inmóviles como aquella famosa estatua, del escultor Auguste Rodin, conocida como El Pensador. Es necesario dejar de ser un pensador para llegar a ser un hacedor.
Si escudriñamos en las Escrituras podríamos encontrar con facilidad el libro de Los Hechos de los apóstoles, pero en ninguna parte conseguiremos el libro de sus deseos ni el de sus buenas intenciones. No basta solo con pensar y desear, es necesario marchar.

«porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad»
Filipenses 2:13
Entiendo que todo proyecto requiere de fe, planificación, tiempo y acción. Todos implican una inversión y nos llevan a asumir riesgos. Riesgos que, a su vez, podrían acarrear temor.
El temor se presenta como una fuerza contraria a la fe y actúa como un agente bloqueador y paralizante, y si no lo contrarrestamos con nuestra confianza en Dios y en sus promesas, se podría constituir en el primer gigante a derribar. Por ello, las escrituras nos instan constantemente a no temer y a confiar en Dios todos los días de nuestras vidas.
El libro de Eclesiastés declara que «El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará» (b). En otras palabras, si enfocamos nuestra atención en lo que dicen los gobiernos, los noticieros y las diferentes voces a nuestro alrededor, podríamos quedar paralizados a causa de la incertidumbre y el miedo. Encontraríamos un sin número de excusas y motivos, dizque válidos, para no emprender y/o avanzar. Y, es por ello, que el Señor nos invita a poner la vista en Él y a correr hacia el propósito para el cual nos ha creado. Él nos exhorta y anima, así como lo hizo con Josué, a que seamos esforzados y valientes, para creer en su Palabra y ponerla por obra.
Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas.
Josué 1:7
Una Carrera de Fondo

En una sociedad donde la inmediatez de las cosas se ha convertido en la exigencia del día a día, se nos hace difícil ser pacientes y perseverantes. Pero lo cierto es que nuestro peregrinar en esta vida se asemejan más a una carrera de fondo, a una maratón, que a una carrera para velocistas. De igual manera, nuestros planes y proyectos toman su tiempo, requieren de maduración y sobre todo de nuestra perseverancia.
En el segundo libro de reyes toma lugar una escena, bien ilustrativa, que se desarrolló en medio de un contexto de pruebas y batallas. En ella, Joás, quién para entonces fungía como rey de Israel, acudió al profeta Eliseo envuelto de una gran angustia y zozobra. Entonces Eliseo, en un acto profético, le ordenó al rey que tomara unas saetas y golpeara la tierra. El rey siguiendo sus indicaciones, golpeó la tierra pero solo tres veces y se detuvo. Entonces, «el hombre de Dios se enojó con él, y dijo: Deberías haber golpeado cinco o seis veces, entonces hubieras herido a tu enemigo hasta exterminarlo. Pero ahora lo herirás solo tres veces» (c).
Esta historia nos lleva mucho a reflexionar acerca de la importancia de luchar hasta alcanzar y a golpear hasta quebrantar. Si este rey hubiese sido persistente en sus ganas de vencer, y si hubiese golpeado con gran insistencia, entonces hubiese alcanzado una victoria completa. Pero por no haber sido perseverante, alcanzó solo una victoria parcial.
Ahora, hablando de nosotros, cuántas veces hemos incurrido en este mismo error. Debemos reconocer que muchas veces no hemos golpeado lo suficiente o nos hemos rendido con facilidad. Hemos permitido que una mala cara, una desafortunada repuesta o una puerta cerrada se hallan constituido en poderosos motivos para desistir y abandonar nuestra carrera. Gracias a Dios, porque eso ya forma parte de un pasado y podemos tomar una mejor actitud hacia el futuro.
La Palabra nos invita a orar sin desmayar y a correr unas millas más, a pesar de todo el dolor que esto pueda significar. Golpea un poco más, no sabes si la roca está a punto de ser quebrantada o si el muro está a punto de derrumbarse.
En esta carrera cada minuto cuenta, cada segundo cuenta. Algunas veces nos hemos sentido como ese famoso personaje, el boxeador Rocky Balboa, entre las cuerdas o derribados en la lona. Pero mientras no suena la última campanada no nos damos por vencidos ni tiramos la toalla, sino que más bien nos levantamos y luchamos hasta vencer. Porque mayor es el que está en nosotros, que el que está en el mundo. Con Cristo Jesús somos más que vencedores.
«Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan. Estamos perplejos pero no caemos en la desesperación. Somos perseguidos pero nunca abandonados por Dios. Somos derribados, pero no destruidos».
2 Corintios 4:8-9
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Notas bíblicas: (a) Josué: 23:14, (b) Eclesiastés 11:4, (c) 2 Reyes 13:18-19.
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