En el primer artículo de esta serie titulado “Año Nuevo, ¿Vida Nueva?”, platicamos de como las Escrituras se valen de hermosos símiles para hablar de la naturaleza del hombre y de su experiencia de vida. Allí se expusieron dos principios que a simple vista parecieran ser muy sencillos pero que, luego de meditarlos detenidamente, resultan ser bien ilustrativos.
El primer principio nos enseña que cosechamos lo que sembramos y esta es una ley inmutable. No podemos segar algo diferente a la semilla que hemos esparcido. El segundo compara a los hombres con árboles. Árboles que dan fruto según su género y especie. Ambos axiomas guardan cierta similitud y nos llevan a concluir que no somos producto de una casualidad, sino que somos el fruto manifiesto de lo que hay en nuestra naturaleza interior. El resultado de una forma de pensar, hablar y actuar.
Ahora bien, antes de continuar con esta publicación, considero que es necesario realizar un pequeño paréntesis, ya que no se puede hablar de este tema de manera insensible ni superficial.
Ciertamente, muchos rasgos de nuestra personalidad y la forma en que hemos pensado hasta ahora han sido delineados y afectados por múltiples factores. Entre ellos: la familia en que nacimos, el entorno donde crecimos, el contexto cultural donde nos desarrollamos y, claro está, por el papel preponderante y determinante que ha jugado nuestra contribución individual. Sin embargo, no podemos obviar que cada uno de nosotros ha experimentado diferentes vivencias, algunas muy buenas y otras que ni siquiera queremos recordar. Ellas también han influido, de una manera u otra, en nuestro carácter y en la manera como nos conducimos. Cada vida cuenta una historia y Dios conoce hasta el más ínfimo detalle, incluyendo cada sonrisa esbozada, cada emoción desbordada y cada lágrima derramada.
Estimados, Jesús no ignora lo que hemos vivido y nos comprende cabalmente. Él sabe lo que significa habitar en un cuerpo de carne y huesos, que sufre las inclemencias del frío y del sofocante calor, y que entiende lo que es tener hambre y sed. A Él no le son extrañas emociones como la alegría y el llanto, el gozo y la tristeza.
El Señor no es indolente ni distante. Él está a nuestro lado en todo momento, inclusive, en las temporadas de mayor prueba y dolor, aunque no lo percibamos. Él no vino para condenarnos, sino para salvarnos, para infundirnos aliento y darnos una esperanza.
¿Has sufrido el dolor de la traición? Jesús fue vendido por uno de sus íntimos; por aquél que metía con Él la mano en el plato.
¿Has sido despreciado, maltratado o abandonado? Jesús no sólo fue golpeado y maldecido por sus detractores, sino que también, en su momento de mayor tribulación, sus amigos le dejaron y salieron corriendo. Aún sus hermanos no creían en Él.
¿Estás en prisión? El Señor no solo fue encarcelado injustamente, sino que también fue condenado a la muerte más cruel y degradante de su época. No obstante, a pesar de todas esas dolencias, no permitió que la cárcel de la amargura confinara su corazón, más bien, en pleno lecho de muerte intercedió por sus enemigos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” a
Jesús “Nuestro Sumo Sacerdote comprende nuestras debilidades, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, sin embargo, él nunca pecó. Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos”.
Hebreos 4:15-16
Dicho esto, queremos destacar que cuando hablamos acerca de un cambio de mente y de vida, no nos estamos refiriendo a ritos superficiales ni a fórmulas mágicas, porque lo que se ha construido en años no se puede deshacer con un chasquido de dedos. Tampoco hacemos alusión al intento infructuoso de forjar pensamientos positivos en nuestras mentes, para tratar reprogramarlas y llevarnos a ser una persona exitosa. Ni, de ninguna manera, nos referimos a la declaración de palabras optimistas e infundadas, con la cuales se pretenda transmutar una realidad presente.
Una verdadera y profunda transformación es la que se produce desde nuestro interior, cuando el Espíritu de Dios habita en nuestros corazones y Participamos de su Naturaleza Divina. Ésta forjará en nosotros un nuevo hombre e irá cambiando nuestra manera de hablar, de pensar y actuar.
Arrancar para Plantar
En el libro de Génesis conseguimos un pasaje muy interesante que, cuando lo llevamos al ámbito espiritual, se convierte en una enseñanza muy enriquecedora. Allí enuncia: “Después Dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así” b
Si hacemos nuevamente una analogía entre los árboles y la naturaleza del hombre, deduciremos que en nosotros encontramos, entre otras cosas, los frutos y las semillas. Normalmente, nuestras miradas se enfocan en el fruto que vemos manifestado, pero pocas veces en las semillas que hemos sembrado. Miramos las consecuencias de las cosas pero pocas veces indagamos en sus causas. Trabajemos en las causas y serán otras las consecuencias.

Las Semillas ¡Cuán importantes son! Con respecto a ellas hay mucho que decir, porque contienen en sí mismas la esencia y naturaleza del árbol que se ha de desarrollar, pero esto lo profundizaremos en una publicación futura. No obstante, en esta sección quisiéramos resaltar la preponderancia del tipo y de las condiciones del terreno donde estamos depositando nuestras semillas, ya que ellas no germinan en cualquier sitio, ni las plantas crecen de cualquier manera.
Ahora bien, cuántas veces sentimos que nos esforzamos y esforzamos, pero no recibimos la tan anhelada retribución. Que sembramos mañana y tarde, pero no segamos lo que deseamos. Todo esto podría acarrear pensamientos de frustración. Y, nos preguntamos, «¿Pero qué está pasando?». Este es un punto sobre el cual el Señor nos invita a reflexionar, diciendo: «Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos… » c
En necesario que nos planteemos las siguientes interrogantes: ¿Será que estamos haciendo las cosas a nuestra manera? Sin la guía y respaldo de Dios. ¿Será que estamos depositando nuestra simiente en los lugares inadecuados? Estaremos intentando sembrar nuestras semillas entre las duras piedras de un corazón maltratado, a causa del dolor y la amargura; o, entre las ruinas de un pasado que se levanta como un fantasma para acusarnos y quebrantar nuestro ánimo y, de esta forma, evitar que avancemos.
Cuántas veces queremos comenzar nuevas relaciones, emprender nuevos proyectos y plantearnos nuevas metas, pero nos encontramos que hay espinos, piedras y escombros que estorban muestra labranza e impiden que tengamos una sementera fructífera. Por eso el Señor nos insta a preparar un buen campo para nosotros y, para ello, es necesario arrancar todo espino, destruir toda mala hierba y eliminar toda ruina, para luego poder plantar y edificar.
«Arad campo para vosotros, y no sembréis entre espinos.»
Jeremías 4:3

Estimados amigos, todos tenemos un pasado que no podemos cambiar. No obstante, esas vivencias no pueden y no deben seguir condicionando nuestras vidas, actuando como escombros y espinos que perjudiquen nuestra siembra. No permitamos que ellas se conviertan en un peso en nuestra carrera, que pretenda amargar nuestro presente y truncar nuestro futuro. Se debe corregir, lo que se ha de corregir; resarcir lo que se ha de resarcir; perdonar lo que se ha de perdonar, y avanzar. El apóstol Pablo dijo, “…una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” d.
«No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad».
Isaías 43:18-19
Una Nueva Semilla
Estimados, Dios nos invita a que tomemos las riendas del presente con una actitud de fe y confianza, y recorramos con pasos firmes la travesía que nos queda por delante. Para ello viene hoy a sembrar la semilla del perdón en nuestros corazones.
Hablar de sembrar y edificar sería un esfuerzo fútil si no hablamos de perdonar. Perdonar para desarraigar toda raíz de amargura que pretenda contaminar y arruinar la tierra de nuestros corazones. Perdonar para salir a flote y soltar el pesado lastre que quiere hundirnos en las oscuras aguas de un pasado. Nos conviene perdonar, porque el perdón es liberador, y el primero en ser libre es aquél que lo otorga. Nadie ha dicho que sea fácil, pero no es imposible. Y esto Dios lo hace posible derramando su amor en nuestros corazones por medio de su Espíritu.
Ahora bien, no podemos perdonar, de manera genuina, si primeramente no experimentamos lo que es el verdadero perdón. Ese perdón que solo Dios puede otorgar a través de su gracia. Ambos vocablos, gracia y perdón, nos hablan del regalo inmerecido del Señor, ya que «no hay justo, ni aun uno» e. Todos hemos pecado contra Dios y contra los hombres. Pero, como hemos dicho anteriormente, el Señor no ha venido para condenarnos, sino para salvarnos.
Con respecto al perdón hay mucho que decir. Sin embargo, quisiera finalizar esta entrada citándoles lo que dice Miqueas 7:18, 19: «¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados».
Cuán hermoso es el perdón de Dios que borra nuestras rebeliones y olvida nuestras ofensas. Cuando se dice que olvida no quiere decir que ya no está en su memoria, porque Dios es Omnisciente. Más bien se refiere a que el Señor decide no traer al presente las cosas pasadas. Decide no recordarlas. Cuando echas algo al fondo del mar es porque más nunca quieres saber de ello. Así de grande y hermoso es el perdón de Dios.
Siendo así, acerquémonos hoy al Señor, con un corazón sencillo para recibir el perdón y la liberación anhelada. «Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Salmos 51:17.
Hay mucho que hablar sobre estos temas, por ello les invito a que puedan seguir disfrutando de las próximas entradas de este Blog.
De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.
Colosenses 3:13
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Notas: (a) Lucas 23:34, (b) Génesis 1:11, (c) Hageo 1:5-6, (d) Filipenses 3:13-14, (e) Romanos 3:10
Foto de la entrada: Photo by Sharefaith on Pexels.com
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Remover los escombros antes de edificar una nueva vida. Está parte me impacto. Gracias hermano
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Hermoso mensaje, que confronta e inspira. Gracias Señor por cómo nos hablas.
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