Se aproxima un nuevo año y, con él, la esperanza y el entusiasmo de muchos que creen que vendrá lleno de metas, proyectos y oportunidades. Algunos, más optimistas, piensan que traerá consigo una nueva vida.

En lo personal, me gusta plantearme nuevos retos y proyectos, y soy partidario de mantener siempre una actitud positiva y optimista respecto al futuro, a pesar de las circunstancias que estemos atravesando. No obstante, creo firmemente que nuestras vidas requieren algo más trascendental que un mero cambio de dígitos en el calendario, para que realmente sean transformadas y alcancemos aquello que tanto anhelamos.

Sería un poco infantil pensar que si seguimos sembrando las mismas semillas que hemos esparcido hasta ahora, recibiremos un fruto diferente al que hemos cosechado. De la misma manera, no es razonable creer que si seguimos pensando, hablando y actuando, como lo hemos venido haciendo, nuestras experiencias de vida van a ser diferentes. Segamos lo que sembramos. Esto es un principio básico y elemental, y una ley inquebrantable que no está sujeta a corrientes de pensamientos ni a religiones. Y, aunque la ignoremos o pretendamos hacerlo, no dejará de cumplirse.

“No os engañéis… todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”

Gálatas 6:7

A continuación, te invito a que me regales unos minutos y me acompañes en la lectura de esta publicación. En ella te estaré compartiendo algunas ideas que han revolucionado mi vida y espero que también sean de mucha edificación para la tuya.

De tal Árbol, Tal Fruto

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Es bien sabido que Jesús, el Maestro de maestros, se valió de múltiples parábolas y sencillas metáforas para transmitir ricas y profundas enseñanzas. Él realizaba constantemente símiles con la naturaleza y con su entorno, para revelar grandes misterios y principios espirituales. En una oportunidad, Jesús comparó a los hombres con árboles. Árboles que dan frutos según su género y especie. Él dijo: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” (a).

“Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él”.

Proverbios 23:7

Nosotros somos como esos árboles que dan fruto según su especie, de acuerdo con su naturaleza. Es decir, lo que vemos manifestado en nuestras vidas pone en evidencia lo que hay en nuestros corazones, habla de lo que somos y saca a la luz la manera de como pensamos, sentimos, hablamos y actuamos. Podríamos afirmar cualquier cosa en relación a nuestra persona o pretender usar una máscara ante todos, para guardar las apariencias; pero la realidad es que nuestros frutos gritarán más fuerte que todas nuestras palabras.

Ahora bien, cuando hablo de los frutos no me refiero, especialmente, a nuestras experiencias externas ni a nuestra condición socioeconómica. La vida del hombre no consiste en los bienes que posee, porque se puede tener una buena casa, pero no un hogar; una gran cama, pero no sueño; un exquisito banquete, pero no disfrute; unas largas vacaciones, pero no reposo. Lo que somos no está definido por lo que parecemos, sino por lo que hay en nuestro interior. Podríamos ser una persona rica y de un corazón humilde; o una persona pobre, con un pecho hinchado por el orgullo.

Por otro lado, la experiencia nos ha enseñado que en esta vida se presentan situaciones que sencillamente nos sobrepasan. Conflictos cuyas soluciones parecieran estar fuera del alcance de nuestras posibilidades, y la reciente pandemia nos lo ha recordado. Sin embargo, nuestra actitud ante la vida y la manera como reaccionamos ante estas circunstancias, no solo sacarán a flote los rasgos más profundos de nuestra personalidad, sino que también mostrarán cuáles son nuestras verdaderas convicciones, cuál es nuestra fe y en qué o en quién depositamos nuestra confianza.

En ese orden de ideas, considero muy importante que hagamos un ejercicio de introspección y de autoevaluación, siempre desde una perspectiva objetiva y positiva, en relación a los frutos que hemos estado cosechando hasta ahora. Meditar acerca de cuáles han sido los pensamientos y actitudes que nos han llevado hasta este punto de nuestras vidas. Si lo que vemos no es lo que esperamos ni lo que Dios desea para nosotros, es hora de ejecutar cambios. El primer paso para producir los cambios es reconocer que tenemos necesidad de ellos. Si no cambiamos, no avanzamos.

Nueva Naturaleza, Nuevo Fruto

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Es muy importante reflexionar, detenidamente, en los puntos que acabamos de exponer, porque si creemos que nuestros pensamientos y nuestras palabras son como semillas, entenderemos que éstas guardan, en potencia, el fruto que cosecharemos mañana. Igualmente, nos daremos cuenta de que tenemos una gran sementera en nuestras manos y bajo nuestra responsabilidad; ya que son miles los pensamientos y las palabras que atraviesan diariamente nuestras mentes y nuestros labios, y éstas no solo están condicionando nuestro presente, sino que también están dibujando nuestro futuro.

En este punto muchos se podrán cuestionar: ¿Cómo puedo hacer cambiar mi sementera? ¿Cómo hago para recoger frutos diferentes, en este nuevo año? Si yo soy así. Así nací y así me criaron. Esa es mi naturaleza. La respuesta es muy sencilla: “Cambiando de naturaleza”. Una nueva naturaleza trae consigo un nuevo árbol, con nuevas semillas y nuevos frutos.

“… si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

2 Corintios 5:17.

A diferencia de lo que muchos piensan, Cristo no ha venido para darnos una nueva religión, despojarnos de ciertos vicios o poner remiendos en nuestros vestidos viejos. Él se nos presenta para hacer nuevas todas las cosas. Por ende, las Escrituras nos hablan reiteradamente de “un nuevo nacimiento” (b), “un nuevo hombre” (c) y “una nueva creación” (d). En fin, de una nueva naturaleza.

Dios nos invita a que tengamos una comunión íntima con Él y a que seamos Participantes de su Naturaleza Divina (e), y para eso nos da a beber de su Espíritu. Esta naturaleza viene equipada con múltiples dones, entre ellos la fe y la paciencia, indispensables para alcanzar las promesas y cumplir con nuestro propósito de vida.

Estimados, el Señor conoce nuestros más profundos secretos y pensamientos, y no ignora nuestras lágrimas y alegrías. Sabe cuáles son las intenciones que encierran nuestras palabras antes de que siquiera se asomen a la puerta de nuestros labios. Él nos comprende cuando nadie puede. Por todo esto, porque entiende cabalmente nuestra realidad, es que quiere hacer morada en nuestros corazones para transformarnos desde adentro. Invítalo hoy a que entre en tu vida y se involucre en todos tus asuntos. Dios tiene planes de bien para nosotros y quiere darnos un futuro y una esperanza.

Considero que estas líneas nos han quedado muy cortas para hablar de los tesoros que Dios tiene reservados para nosotros. Les invito a que continúen leyendo los próximos artículos de esta serie. En ellos les estaré compartiendo sobre cómo Dios puede transformar nuestras vidas de manera integral. Gracias por su valioso tiempo.

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Notas bíblicas: (a) Mateo 7:16; (b) Juan 3:3, (c) Efesios 4:24, (d) Gálatas 6:15, (e) 2 Pedro 1:4.

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